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El hallazgo de las joyas escondidas. El camino secreto del hortelano. Segunda parte

 

El hallazgo de las joyas escondidas. El camino secreto del hortelano. Segunda parte

Ilustración de Jesús Delgado 

Nuestros amigos han descubierto el camino secreto del hortelano. El túnel por donde se han metido les ha llevado al campo y enseguida caen en la cuenta de que están cerca de la casa de los sabuesos, Timo y Currita. Allí encuentran una caseta con utensilios para el campo: una azada, un rastrillo, cajones viejos, en fin, cacharros del campo. Le piden a Leo que se meta.

 —Allí hay más cosas. Métete, Leo, que tú puedes mejor. Muy gracioso, siempre me toca a mí. Pero le hice caso y avancé. Aquello era un montón de trastos viejos y yo por debajo, ya temblándome las patas por si todo aquello se me caía encima.

—¡Manuel, Ma…!

Mi voz se iba perdiendo en aquella maraña, hasta que reconocí el sitio. Habíamos llegado al lugar donde Currita esconde los huesos. Su rincón preferido.

Volví a buscarles como pude.

—Ya sé dónde estamos: al lado de la casa de los sabuesos. Casi me entra el TEMBLEQUE pensando en el abuelo gruñón, pero pudo más mi orgullo. Lo había descubierto esta vez yo solito.

Leo está orgulloso, pero a la vez tiene miedo. ¿Sabéis por qué? Porque se da cuenta de que al lado está la casa de los sabuesos y, por tanto, del abuelo gruñón. A Lucía se le ocurre que quizá pueden dar la vuelta por fuera, por el camino, como han hecho otras veces, para que el abuelo nos los vea. Así lo hacen y llegan a la vieja vaquería. Hay muchos trastos viejos y, mientras Manuel y Lucía observan todo, Leo está atento a las ratillas:

Un ruidito me puso alerta. La olfateé y me lancé:

—¡Zas! ¡Zas! ¡Te pillé, ratilla inmunda! La cacé sí, esta vez no se me escapó, aunque la tuve que perseguir hasta un armario, donde intentó esconderse. No le valió de nada. Mientras me la zampaba allí mismo, lo vi, en medio de aquel revoltillo de trastos.

—¡Eh, venid aquí! ¡Hay algo!

Llegaron todos rápidamente y metieron el hocico o mejor dicho la nariz, como me ha explicado mi abuela.

—¡Un rollo!

Ya sabían lo que eran los rollos. Los amigos de CAVE CANEM que habéis leído otras aventuras, también sabéis que los rollos son cartas antiguas y que les dan pistas. Descubren un rollo, sí, pero se dan un buen susto:

Ilustración de Jesús Delgado 

Ahora ya los conocíamos. Eran papeles viejos, pero nosotros sabíamos que nos podían dar pistas. Nos quedamos mirándolo y sin darnos tiempo a nada, oímos de pronto:

 —¡Brrrrr, brrrrr!,¡guau!, ¡guau! Un gruñido atroz estaba encima de nuestras cabezas o eso creímos. ¡El abuelo de los sabuesos se había despertado!

—¡Corred, corred! —decía Clara, al tiempo que salía disparada. Manuel cogió el rollo y salió como una flecha. Claro que el abuelo no podía llegar hasta donde estábamos porque había muchas cosas por medio. Tuvo que contentarse con olfatearnos y gruñir.

—¡Brrrrr!, ¡brrrr!,¡guau!, ¡guau! —escuchábamos cada vez más lejos.

Bajamos por el monte a toda velocidad y cuando los ladridos se oían ya muy poquito, nos paramos.

—¡Puf, qué susto! ¡Se despertó! —dijo mi hermana.

—Lo importante es que tenemos un rollo. Manuel tenía razón. El susto no había impedido que agarrara bien aquel papel.

Habían conseguido salvar el rollo, pero Manuel y Lucía tenían que volver a las colonias, ya que se había acabado el recreo. El próximo día veremos qué dice esa carta antigua.

 

 

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