Compartiendo el disfrute. Platero y yo. El perro atado, LXXXVI

 

Compartiendo el disfrute. Platero y yo. El perro atado, LXXXVI

Zenobia Camprubí, de  José Luís Rosado, Javier Díez y Pablo Vallejo. Moguer.

En el comentario anterior, dedicado a La púa, XII, destacaba que el dolor físico que quiebra el esplendor de la naturaleza se torna metáfora de otro espiritual, encarnado por una belleza que se va, símbolo de nuestras vidas. Así en El perro atado. El otoño, con su carga de tristeza, se condensa en la imagen del perro atado que ladra en el ocaso de la tarde. Esta imagen que trae la elegía lleva consigo, a su vez, los instantes en que la vida anda toda en el oro que se va, el atardecer de la vida. Avaros de belleza deseamos retenerla en el alma, como los niños que se esfuerzan por coger el sol con un pedacito de espejo. Un intento fugaz.

LXXXVI

EL PERRO ATADO

La entrada del otoño es para mí, Platero, un perro atado, ladrando limpia y largamente, en la soledad de un corral, de un patio o de un jardín, que comienzan con la tarde a ponerse fríos y tristes… Dondequiera que estoy, Platero, oigo siempre, en estos días que van siendo cada vez más amarillos, ese perro atado, que ladra al sol de ocaso…

Su ladrido me trae, como nada, la elegía. Son los instantes en que la vida anda toda en el oro que se va, como el corazón de un avaro en la última onza de su tesoro que se arruina. Y el oro existe apenas, recogido en el alma avaramente y puesto por ella en todas partes, como los niños cogen el sol con un pedacito de espejo y lo llevan a las paredes en sombra, uniendo en una sola las imágenes de la mariposa y de la hoja seca…

Los gorriones, los mirlos, van subiendo de rama en rama en el naranjo o en la acacia, más altos cada vez con el sol. El sol se torna rosa, malva… La belleza hace eterno el momento fugaz y sin latido, como muerto para siempre aún vivo. Y el perro le ladra, agudo y ardiente, sintiéndola tal vez morir, a la belleza…

Muchos años más tarde Juan Ramón escribió con esta imagen un poema bellísimo, con el título El color de tu alma[1], cuando Zenobia estaba enferma, postrada por el cáncer en la cama. La vida toda en el oro que se va, en el ocaso del sol –y de sus vidas-, muestra la plenitud del amor. El oro es el color del alma de ella, que se interioriza desde la visión del sol al caer la tarde. La hora en que se pone el sol, momento pleno y fugaz, da pie al poeta para establecer un vínculo con la luz de su amada. La huida del sol es una imagen del fin de la vida. El oro hecho sombra anuncia la presencia de la muerte – en paralelismo a la puesta de sol–  y se condensa en los ojos de la amada, postrada y enferma, expresión del amor final.

El color de tu alma

Mientras que yo te beso, su rumor

nos da el árbol que mece al sol el oro

que el sol le da al huir, fugaz tesoro

del árbol que es el árbol de mi amor.

No es fulgor, no es ardor y no es altor

lo que me da de ti lo que te adoro,

con la luz que se va; es el oro, el oro,

es el oro hecho sombra: tu color.

El color de tu alma; pues tus ojos

se van haciendo ella, y a medida

que el sol cambia sus oros por sus rojos

y tú te quedas pálida y fundida,

sale el oro hecho tú de tus dos ojos

que son mi paz, mi fe, mi sol: ¡mi vida!

 

 

[1] Pertenece al poemario De ríos que se van, obra escrita entre 1951-1954.

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3 Respuestas

  1. Roberto dice:

    Muy buen artículo, muy bien explicado todo,se agradece, gracias.

  2. Alazne Díez dice:

    Qué aportación tan maravillosa y enriquecedora. Gracias, Marisa.

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